La esperanza es el sol que nos calienta, son alas que nos empuja hacia adelante, es Dios que nos llama alentándonos para no desfallecer. El hombre nuevo (el que ha aceptado a Cristo) es joven y robusto, el hombre viejo (el que no ha aceptado a Cristo) es débil y decadente; el horizonte se dilata en favor del hombre nuevo que tiene esperanza y vive agradecido con Dios.