Mucho se habla de desiertos en la vida de creyente en Dios; hay desiertos que los formamos nosotros, y estos por nuestra falta de madurez o formación de carácter; tomamos decisiones incorrectas y pagamos las consecuencias más adelante, y al proceso de una experiencia ingrata lo llamamos desierto. Otros desiertos son de Dios, o sea que Dios lo genera porque quiere hablarnos a solas; a veces las ocupaciones consumen aun el tiempo que le pertenece a Dios, y Dios en su interés de comunión con nosotros nos guía a un desierto saludable aunque al momento pareciera todo lo contrario.
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