La verdadera prosperidad, de acuerdo a la Biblia, no es medida por la abundancia de bienes que una persona posea, o por la fama que disfruta; es más bien la herencia de una relación viviente y personal con su Creador. El Salmo 1:1-3 describe un corto proceso de una vida próspera: una vida moral sana, no comprometida; un carácter formado por principios y valores espirituales conducirán a una vida llena de satisfacción y prosperidad.
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