Nunca nadie predicó otro mensaje más grande que el que Jesús pronunció en una colina de Galilea. Ningún otro humilde mensajero jamás comunicó la vida de la fe sencilla que el carpintero de Nazaret, de 30 y tantos años, convertido en maestro. Veinte siglos no han logrado agotar las profundidades de su sermón. Con precisión y valentía Jesús realizó un tajo quirúrgico tras otro, dejando al descubierto la hipocresía y el legalismo de la religión del primer siglo. Hasta hoy, sus palabras quitan todo el peso excesivo que muchos han añadido a la vida de fe. En toda su grandeza, el Sermón del Monte que pronunció Jesús es una obra maestra de sencillez.

 

Esa sencillez es más que evidente en las palabras iniciales de Jesús. Él empieza con un grupo de ocho dichos breves, penetrantes, a los que llamamos las Bienaventuranzas (Mateo 5:1–12). Aunque suenan sencillas y son fáciles de leer, cada bienaventuranza ofrece un nuevo arreglo radical de nuestro sistema ordinario de valores, presentándonos el reto de ser diferentes al estatus quo cultural o religioso.

 

Sin embargo, aunque es tentador simplemente apreciar la belleza de las Bienaventuranzas desde lejos, no podemos ignorar sus implicaciones prácticas. En pocas palabras, no tienen el propósito de que se les admire, sino de que se les siga. Demos un vistazo más atento a dos de las Bienaventuranzas, para entender mejor cómo el ponerlas en práctica impacta nuestra vida.

 

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mateo 5:4).

 

“Llorar” es reconocer la abrumadora pecaminosidad del pecado de uno, abrazar el arrepentimiento, y sentir una increíble tristeza y quebrantamiento por el mal que ha transpirado. Como Pedro, que, después de negar a su Señor en tres ocasiones separadas, de repente sintió el peso, la enormidad, de su transgresión. ¿Su reacción? Las Escrituras nos dicen que “saliendo fuera, lloró amargamente” (Lucas 22:62). Todo esfuerzo por racionalizar o ignorar la maldad sólo complica el asunto. La fe sencilla exige una confesión rápida y completa. Los que lloran así, Jesús promete, son bienaventurados.

 

Y, ¿qué es lo que Jesús promete a los que lloran, a los que se niegan a ignorar su pecado? “Ellos recibirán consolación.” ¡Qué extraordinaria seguridad! En otro pasaje de las Escrituras el Señor promete vendar a los quebrantados de corazón, dar alivio y plena liberación a aquellos cuyos espíritus han sido doblegados al darse cuenta de su fracaso y maldad.

Dios no espera meses de penitencia invocando desdicha, ni requiere sacrificios diarios que apacigüen su ira. La muerte de Cristo por nosotros provee el pago de una vez por todas por el pecado. No obstante, un corazón arrepentido que se expresa en lamento por la maldad resulta en consolación divina. Cuente con esa promesa.

 

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mateo 5:6).

 

Esta bienaventuranza refleja la verdadera pasión espiritual, un hambre insaciable de conocer íntimamente a Dios, de modelar personalmente sus caminos. No malentienda esto. Jesús no está hablando meramente de aumentar el conocimiento que uno tiene de la verdad bíblica o de información doctrinal, aunque por cierto no hay nada de malo en eso. Más bien, está hablando de alinearse uno mismo con el carácter de Dios: su santidad, verdad, bondad y rectitud. Incluido en ese “hambre y sed” ciertamente está el cultivo de la disciplina de la oración y de esperar en Dios, la sumisión de nuestra voluntad, y el deseo de entretejer todo eso en la vida diaria. Esto no hay que empujarlo a extremos fuera de razón que exijan que el hombre se vuelva monje. Tampoco Jesús está interesado en convertir a una madre en una especie de santa de ojos soñadores que repite pasajes bíblicos en lugar de preparar la comida. “Hambre y sed” quiere decir tomar a Dios en serio y descubrir, por aplicación, cuán perfectamente encaja su verdad en el mundo de la existencia real. Mejor que eso, así como con el hambre y sed físicas, ese apetito espiritual es un deseo continuo, que necesita que se le satisfaga a diario.

 

Y, ¿qué les sucederá a los que tienen un anhelo tan intenso de Dios? Jesús promete que “ellos serán saciados.” ¡Maravilloso pensamiento! En lugar de ser víctimas perpetuas del hambre espiritual, sin recibir suficiente nutrición para crecer fuertes, “ellos serán saciados.” Un erudito sugiere que la expresión serán saciados se usaba comúnmente en referencia a dar de comer y engordar ganado, porque la raíz del término griego es el término que se utiliza para forraje o hierba. 1 Tenemos esta esperanza: quedaremos tan saciados espiritualmente que seremos como ganado gordo, bien comido: fuerte, estable, capaz de aguantar condiciones adversas y de resistir circunstancias incómodas. ¡Qué promesa tan necesitada! La alacena de Dios jamás se agota. Sus pozos nunca se secan.

 

Permítame sugerir que dé un paso más y aplique una bienaventuranza de Mateo 5:1-12 al día. El lunes, por ejemplo, trabaje en la dependencia, conscientemente concentrándose en ser “pobre en espíritu.” El martes, aplique arrepentimiento. El miércoles, pruebe la mansedumbre todo el día. El jueves, procure la justicia. El viernes, hagámoslo un día lleno de misericordia. El sábado, piense en integridad. El domingo, deliberadamente sea un pacificador. ¿Y el próximo lunes? Cultive el gozo. Eso le colocará en un ciclo repetitivo. Debido a que hay ocho bienaventuranzas pero sólo siete días en la semana, usted tendrá un nuevo día con un nuevo proyecto de manera regular.

 

Permítame presentarle el reto: en lugar del estilo de vida que usted ha aprendido del mundo secular, ponga en práctica las Bienaventuranzas. Pídale al Señor que le dé una nueva dirección en su vida: que lo traiga de regreso a la fe sencilla. Las Bienaventuranzas, cualidades de una fe sencilla, al ser puestas en acción, resultan en una vida que vale la pena vivir.

 

Le desafío a que lo pruebe.

 

1. Archibald Thomas Robertson, Word Pictures in the New Testament, vol. 1 (Nashville: Broadman Press, 1930), 41.

 

Adaptado de Charles R. Swindoll, Simple Faith (Dallas: Word, 1991), 21-38. Copyright © 1991 by Charles R. Swindoll, Inc. Mundialmente reservados todos los derechos.