Oíd, hijos, la enseñanza de un padre, Y estad atentos, para que conozcáis cordura. Proverbios 4:1
Papá, ¿es posible que usted se haya comprometido demasiado, que esté tan involucrado en su trabajo o en algún proyecto lejos de casa, o entretenimiento, que le está robando el tiempo y energía que le pertenece a su familia? Lo entiendo; créame; lo entiendo. . . .
En lugar de presentarles a los padres un reto para dar de sí mismos, nuestro sistema cultural les anima a darles las cosas que salarios aumentados pueden comprar: una mejor educación, viajes al extranjero, posesiones materiales, casas más bonitas, automóviles. . . . Pero, ¿qué tal en cuanto a papá mismo? Y, ¿ese aprendizaje sin precio que se aprende en su presencia? . . . Se ha perdido en el ajetreo. . . .
¡Vamos, papás, encabecemos una revuelta! Rehusemos dar oídos al sistema. Empecemos a decir que no a más y más de las cosas que nos alejan cada vez más de los que más nos necesitan. Recordemos que los regalos más grandes de la tierra que podemos proveer son nuestra presencia e influencia mientras vivimos, y un magnífico recuerdo de nuestras vidas una vez que nos hayamos ido.
Tomado de Charles R. Swindoll, Sabiduría para el Camino (Nashville: Grupo Nelson, 2008). Copyright © 2008 por Charles R. Swindoll, Inc. Mundialmente reservados todos los derechos.
Esta temporada del año no es gozosa para todos. De hecho, honestamente, a muchos les inquieta. Y al encontrarse plagados con memorias melancólicas de días dolorosos, se les hace difícil cantar el villancico de "Noche de Paz".
La meta final está a la vista. Algún día, pronto, todo creyente comparecerá ante Dios. Él les dirá a los fieles: “Bien, siervo bueno y fiel” (vea Mateo 25:21 LBLA), ¡y será como si estuviera coronándonos con un laurel de victoria, una cinta de primer premio, una medalla de oro!
Muy a menudo en mi caminar cristiano, vienen a mi mente las palabras de Sócrates: “La vida que no se examina no vale la pena vivirla.”
Esa afirmación suena cierta porque con el tiempo las cosas parecen complicarse más. Empezamos nuestra vida cristiana con total deleite y sencillez; pero conforme la tradición, la religión y demasiadas actividades que empiezan a acumularse encima de lo que estaba allí originalmente, la sencillez tiende a desvanecerse.
Nunca nadie predicó otro mensaje más grande que el que Jesús pronunció en una colina de Galilea. Ningún otro humilde mensajero jamás comunicó la vida de la fe sencilla que el carpintero de Nazaret, de 30 y tantos años, convertido en maestro. Veinte siglos no han logrado agotar las profundidades de su sermón. Con precisión y valentía Jesús realizó un tajo quirúrgico tras otro, dejando al descubierto la hipocresía y el legalismo de la religión del primer siglo. Hasta hoy, sus palabras quitan todo el peso excesivo que muchos han añadido a la vida de fe. En toda su grandeza, el Sermón del Monte que pronunció Jesús es una obra maestra de sencillez.