Muy a menudo en mi caminar cristiano, vienen a mi mente las palabras de Sócrates: “La vida que no se examina no vale la pena vivirla.”
Esa afirmación suena cierta porque con el tiempo las cosas parecen complicarse más. Empezamos nuestra vida cristiana con total deleite y sencillez; pero conforme la tradición, la religión y demasiadas actividades que empiezan a acumularse encima de lo que estaba allí originalmente, la sencillez tiende a desvanecerse.
En una visita reciente a la Tierra Santa, reflexioné en repetidas ocasiones en cuanto a esto. Con frecuencia la gente va a Israel para caminar donde Jesús caminó. Pero a menudo, el turista empieza a darse cuenta de que con el paso de los siglos y numerosas guerras, las arenas del tiempo lentamente han cubierto un gran espacio del sitio donde pudo haber caminado Jesús. A veces la desilusión nos aguijonea, pero yo siempre regreso a la expectativa de estar en lugares donde podemos decir con certeza: “Jesús caminó aquí.”
¿Ha quedado sepultado su caminar con Cristo? El tiempo tiene su manera de hacer eso (recuerde, el tiempo complica las cosas). En un mundo que ha perdido el camino, y en una cultura que se ha alejado grandemente de la verdad, es muy útil volver al mandamiento bíblico y nada complicado de: “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe” (Colosenses 2:6-7). Note el orden de las palabras de Pablo; es intencional: “arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe.”
No podemos crecer en la vida cristiana mientras no profundicemos; y profundizar quiere decir regresar a lo básico. He notado un patrón en mis más de cuatro décadas de ministerio. Todo el que triunfa en la vida cristiana, triunfa en lo básico. Todo el que fracasa, en algún momento dejó que lo básico se escapara. Es fácil hacerlo.
La Biblia nos ofrece una promesa, una motivación, para desenterrar nuestro caminar con Cristo: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. . . . limpiad las manos; . . . purificad vuestros corazones” (Santiago 4:8). Es mi oración que a partir de hoy, usted pueda tener una vida de pureza, más pura que nunca antes, e incluso más pura que hace diez años. Que cuando reflexione, usted pueda decir: “Me he acercado más a mi Señor. Él y yo hemos cultivado una intimidad que nunca antes hemos disfrutado. He tenido períodos extensos en el cual estuve a solas con Él. He aprendido a llevarle a Él en oración mis más profundas ansiedades.”
Qué mejor tiempo que el presente para desempolvar su Biblia y quitar los escombros que han enterrado su caminar con Cristo. Empiece ahora mismo con un compromiso fresco, sencillo, a lo básico: pasar tiempo en la palabra de Dios y en oración.
Un día usted descubrirá que los escombros han desaparecido y las ruinas ya no existen, al hallarse caminando donde Jesús caminó. En realidad, se hallará caminando con Él.
Esta temporada del año no es gozosa para todos. De hecho, honestamente, a muchos les inquieta. Y al encontrarse plagados con memorias melancólicas de días dolorosos, se les hace difícil cantar el villancico de "Noche de Paz".
La meta final está a la vista. Algún día, pronto, todo creyente comparecerá ante Dios. Él les dirá a los fieles: “Bien, siervo bueno y fiel” (vea Mateo 25:21 LBLA), ¡y será como si estuviera coronándonos con un laurel de victoria, una cinta de primer premio, una medalla de oro!
Nunca nadie predicó otro mensaje más grande que el que Jesús pronunció en una colina de Galilea. Ningún otro humilde mensajero jamás comunicó la vida de la fe sencilla que el carpintero de Nazaret, de 30 y tantos años, convertido en maestro. Veinte siglos no han logrado agotar las profundidades de su sermón. Con precisión y valentía Jesús realizó un tajo quirúrgico tras otro, dejando al descubierto la hipocresía y el legalismo de la religión del primer siglo. Hasta hoy, sus palabras quitan todo el peso excesivo que muchos han añadido a la vida de fe. En toda su grandeza, el Sermón del Monte que pronunció Jesús es una obra maestra de sencillez.
Papá, ¿es posible que usted se haya comprometido demasiado, que esté tan involucrado en su trabajo o en algún proyecto lejos de casa, o entretenimiento, que le está robando el tiempo y energía que le pertenece a su familia? Lo entiendo; créame; lo entiendo. . . .