Abril 6, 2010

2 Corintios 3.15-18 

¿Por qué estoy en la tierra? Sin duda, esta pregunta cruza la mente de todos en algún momento. Las teorías no bíblicas dicen que no hacemos más que ocupar espacio, y que volveremos a la nada cuando muramos. Hay quienes dicen que nosotros elegimos nuestro propio destino; en otras palabras, que podemos vivir para cualquier causa que elijamos. ¡Pero eso es absolutamente falso! El Señor nos ha puesto en la tierra para cumplir su propósito.

Nuestro Padre celestial tiene un plan especial para la vida de cada persona, pero quiere que todos tengamos un mismo objetivo: ser conformados a la imagen de Jesucristo. El proceso de nuestro perfeccionamiento moral, espiritual y físico comienza aquí en la tierra y se termina en el cielo. Gran parte del trabajo que el Señor hace en nuestras vidas terrenales se centra en nuestro carácter. Él nos enseña a ser tan amorosos, misericordiosos y pacíficos como Jesucristo.

Uno podría pensar que ser como el Hijo de Dios debe requerir un gran esfuerzo. Pero la verdad es que no somos llamados a hacerlo nosotros mismos. Lo hace el Espíritu Santo que habita en el creyente y vive la vida de Cristo a través de la persona. Los cristianos tienen la responsabilidad de someterse a su guía. Eso significa que responderemos a las circunstancias con esta pregunta: "¿Cómo puedes, Señor, hacerme más como Jesús?"

El Señor soberano está detrás de todo lo que nos sucede, ya sea que Él provoque directamente la situación, o la permita. Tanto los reveses como los triunfos están concebidos para que se cumpla el gran propósito de Dios: que tengamos una vida que refleje su amor y su gloria al mundo. El Señor soberano está detrás de todo lo que nos sucede, ya sea que Él provoque directamente la situación, o la permita.

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