Mayo 28, 2010

Juan 14.1-4 

El Señor dijo a los discípulos que se marcharía. Pero el Señor también prometió regresar y llevarlos al hogar que Él había preparado (Jn 14.3). Este versículo confirma que el cielo es un lugar real. Según la Biblia, los cristianos tienen su ciudadanía en el paraíso (Fil 3.20), nuestro tesoro está guardado allí (Mt 6.20), y será nuestro hogar eterno (1 Ts 4.17).

El espíritu de cada creyente va a la presencia de Dios inmediatamente después de la muerte física (2 Co 5.6). Después que se haya cumplido el tiempo del Señor en cuanto a la tribulación del mundo y el juicio, Él renovará todas las cosas. Primero, nuestros cuerpos serán resucitados como inmortales, libres de dolor, y nuestro espíritu será revestido con un cuerpo nuevo (1 Co 15.42). Después, la tierra será transformada en un paraíso incorruptible; tendremos también entrada a una ciudad celestial, la nueva Jerusalén (Ap 21.10-27).

En estas dos esferas del cielo, los hijos de Dios pasarán la eternidad sirviendo y adorando a Dios. Pese a los conceptos erróneos en cuanto a que estaremos reclinados en las nubes y tocando arpas, ¡no estaremos sentados sin hacer nada! Descansaremos, pero este santo descanso será de todas las cosas que hacen tan molesta la vida en la tierra: las tentaciones, las enfermedades, las pruebas, el dolor y los sufrimientos.

El paraíso está fuera del alcance de nuestra imaginación, pero sí sabemos que la vida del creyente continúa en el cielo. Como ciudadanos de ese reino, nos ocuparemos de servir y alabar a Dios. Además, gozaremos de energía ilimitada y de armonía perfecta armonía entre el Señor, nosotros y los otros santos. El paraíso está fuera del alcance de nuestra imaginación, pero sí sabemos que la vida del creyente continúa en el cielo. 

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