Noviembre 17, 2010

Salmo 25.4, 5 

En el camino de la vida, las decisiones cruciales son como encrucijadas que exigen elegir una dirección. Si pasamos disparados sin buscar el propósito de Cristo, el camino que elegimos puede conducirnos al pesar y al sufrimiento. Aunque el Señor está listo y dispuesto a ofrecer una orientación clara, Él no siempre la da rápidamente. El saber que Él tiene buenas razones para no darnos dirección de inmediato, puede ayudarnos a esperar con paciencia su orientación en la encrucijada.

A veces, Dios nos deja en nuestra confusión porque quiere captar nuestra atención. Cuando todo va bien, tendemos a olvidar al Señor. Pero la incertidumbre nos acerca a Él como un imán. Al alinear nuestros pasos con los de Él en sujeción al Espíritu Santo, abrimos nuestros oídos para escuchar su voz.

Nuestro tiempo de espera es el tiempo de preparación de Dios. Para llevar a cabo sus propósitos soberanos, Él puede ponernos en espera mientras coordina las circunstancias que se alineen con su voluntad. A veces, el Señor tiene que hacer algo en nosotros antes de que estemos preparados para manejar lo que Él se ha propuesto para nuestro futuro. Si recibiéramos su dirección al instante, nunca creceríamos en fe. La madurez espiritual se manifiesta en la capacidad de esperar con tranquila confianza, teniendo fe de que, en el tiempo de Él, sabremos qué hacer.

Si la impaciencia le tienta a adelantarse al tiempo de Dios en cuanto a alguna decisión, corre el riesgo de salirse de su voluntad y de perder sus bendiciones. Pero si espera hasta que el Señor le dé una dirección clara, andará en la paz de Dios con fe, en vez de ir dando traspiés en medio de la ansiedad y la confusión. Si la impaciencia le tienta a adelantarse al tiempo de Dios en cuanto a alguna decisión, corre el riesgo de salirse de su voluntad. 

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