Noviembre 11, 2010

Romanos 6.21-23 

Dios envió a su Hijo a tomar nuestro castigo muriendo en nuestro lugar. Si los creyentes no lo entienden, dudarán de su salvación. No podemos ser lo suficientemente buenos para ganar el cielo. El hombre nace con una naturaleza corrompida; por eso, a veces pecaremos, no importa cuánto tratemos de no hacerlo. La Biblia compara nuestros intentos de hacer el bien con trapos de inmundicia (Is 64.6).

Dejada a su propia suerte, la humanidad tiene una sola opción en cuanto al pecado: morir en él y pasar la eternidad separada de Dios. Pero el Padre celestial amó tanto al mundo, que decidió castigar a su Hijo en nuestro lugar (Jn 3.16). Fue un duro precio a pagar. El Dios santo no puede mirar la suciedad del pecado; por eso, cuando Jesús se hizo pecado por toda la humanidad, el Padre tuvo que abandonarlo (2 Co 5.21). El sufrimiento físico de la crucifixión fue terrible, pero nada comparable con el desgarrador horror de ver al Padre darle la espalda. El desolado Mesías clamó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mr 15.34).

El Padre y el Hijo habían estado juntos por toda la eternidad, pero Jesús aceptó el castigo máximo para que nosotros no tuviéramos que sufrirlo. Cuando Pablo dice que la paga del pecado es muerte, se refiere a la separación eterna de Dios (Ro 6.23). Somos salvos y vivimos para siempre con el Señor por lo que Jesús hizo.

El Salvador tomó nuestro lugar y aceptó el castigo por el pecado que correspondía a la humanidad. Él y el Padre hicieron el costoso trabajo de la salvación para que podamos cosechar los beneficios y las recompensas de la fe. Si usted cree que Jesucristo es el Hijo de Dios, y que Él murió por sus pecados, entonces es salvo. Si usted cree que Jesucristo es el Hijo de Dios, y que Él murió por sus pecados, entonces es salvo. 

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