¿Qué le da valor a la viuda que está junto a una tumba recién abierta?

¿Cuál es la esperanza final del discapacitado, del que ha sufrido amputación, del maltratado, de la víctima de una quemadura?

¿Cómo pueden los padres de niños que tienen daño cerebral, o discapacidades físicas, no vivir toda la vida total y completamente deprimidos?

¿Por qué un ciego, sordo, o paralítico, se anima al pensar en la vida venidera?

¿Cómo podemos ver más allá del martirio de algún rehén o de algún misionero dedicado?

¿A dónde van los pensamientos de la joven pareja cuando finalmente se recuperan de la aflicción de perder a su nene?

Cuando una familia recibe la trágica noticia de que han hallado muerta a su pequeña hija, o que el padre de familia murió en un accidente aéreo, o que un hijo murió víctima de una sobredosis de drogas, ¿qué verdad sencilla llega a ser su enfoque total?

¿Cuál es la respuesta final al dolor, lamento, senilidad, locura, enfermedades terminales, calamidades repentinas y accidentes fatales?

La respuesta a cada una de estas preguntas es la misma: la esperanza de una resurrección corporal.

Derivamos fuerza de esta sola verdad casi todos los días de nuestra vida; más de lo que nos damos cuenta. Se convierte en el pegamento mental que reúne nuestros pensamientos de otra manera esparcidos. Por imposible que pueda sernos el entender los detalles de cómo Dios va a hacer que esto suceda, ponemos nuestras esperanzas en pensamientos frágiles, como hilos, que dicen: “Algún día Él lo corregirá” y, “Gracias Dios, porque todo esto cambiará,” y, “Cuando estemos con Él, seremos como Él.”

Más de unas pocas veces al año miré ojos enrojecidos e hinchados, e hice recordar a los que batallaban con la desesperanza y la aflicción que “hay una tierra más hermosa que el día” cuando, como Juan prometió en Apocalipsis,

Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; . . . Y no habrá más maldición; . . . No habrá allí más noche; . . . porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos (21:4; 22:3, 5).

¡Hurra por tan maravillosa esperanza!

Imagínese: los que hoy tienen discapacidades físicas, un día danzarán en hermosa coordinación y saltarán con éxtasis y alegría. Los que han pasado sus vidas absorbidos en total oscuridad verán el color en todo el espectro de la luz. Es más, la primera cara que verán será la de Aquel que les da la vista. Y esas preciosas almas cuyas mentes y emociones estuvieron limitadas por la discapacidad mental, enfermedad, o vejez, disfrutarán de relaciones personales plenas, sin estorbos y sin inhibiciones. Eso es suficiente para poner una sonrisa en toda cara cansada. No hay nada como la esperanza de la resurrección para elevar los espíritus agonizantes de los quebrantados de corazón.

A menos, por supuesto, que sea una broma cruel.

Ese es el punto de Pablo en 1 Corintios 15:19. ¿Recuerdan cómo lo dice? Si la resurrección corporal es solamente un sueño vacío, entonces “somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres.” Toda nuestra predicación es hueca, nuestra fe es inútil, los muertos han perecido, y todavía estamos bajo la condenación de nuestros pecados (15:14, 16, 18). ¡Qué situación más deplorable! ¡Es suficiente para hacer que todos salgamos huyendo y nos escondamos!

Pero espere. Ese argumento hipotético cuelga en una presuposición condicional: si. “Si no hay resurrección de muertos” (15:13), entonces, todo el resto es en vano. Pero hay resurrección, con todas las esperanzas prometidas. Es tan seguro como que estamos vivos en este momento.

¿Cómo podemos estar tan seguros de que resucitaremos? ¿Cuál es la fuente de nuestra certeza? ¿Qué nos da una confianza inconmovible frente a la muerte? El hecho de la resurrección de Cristo.

Debido a que Cristo resucitó, nosotros también seremos resucitados. Como Pablo lo dijo en la misma sección de la Biblia: “Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida.” (15:23). ¡Ésos somos nosotros! El mismo Jesús prometió: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25).

¡Con razón nos entusiasmamos tanto cada Día de Resurrección! ¡Con razón no nos contenemos para nada al celebrar la milagrosa resurrección de Jesucristo de la tumba! Es una celebración doble: su hurra triunfante sobre la agonía y nuestro hurra culminante y eterno.