Junio 7, 2010

2 Corintios 9.6-12 

Dios ama al dador alegre, porque Él mismo lo es. El Señor quiere que la abundancia que Él derrama sobre sus hijos se desborde a los demás. Lamentablemente, muchas personas ven a su dinero más como una reserva personal que como un canal divino.

La primera manera de pensar trata al dinero como un medio para proveer sólo para la familia, los objetivos y los deseos; mientras que el dinero para la obra de Dios se da a regañadientes. La persona avara cree que, siempre y cuando ofrezca dar, no tiene ninguna importancia que después decida no hacerlo. Cuando en realidad la actitud es muy importante. Para Dios, el estado del corazón de un creyente es más importante que sus acciones (Os 6.6). Dar tibiamente es una señal de que no estamos plenamente comprometidos con la obra del Señor. Preferimos garantizar nuestra propia seguridad.

Lo que sorprende al creyente tacaño es que Dios no llena un reservorio. Incluso las personas que parecen ricas, nunca sienten que tienen suficiente. La satisfacción verdadera viene con la aceptación de que nuestra riqueza —aunque limitada— pertenece al Señor, y es suficiente para cubrir nuestras necesidades. Tan pronto como entendamos esto, nuestra reserva se derramará para convertirse en parte de la de Dios. A medida que Él lo llena, nosotros alegremente lo vaciamos con la plena confianza de que el Señor suplirá para nuestras necesidades, y para lo que demos.

El plan del Señor no es hacer ricos a todos sus hijos. Su propósito es hacer que todos seamos generosos con lo que tenemos: dinero, tiempo, conocimientos, etc. Dar con alegría es dar con valentía, porque implica confiar en que el Señor proveerá. El plan del Señor no es hacer ricos a todos sus hijos. Su propósito es hacer que todos seamos generosos con lo que tenemos: dinero, tiempo, conocimientos, etc.

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