Julio 23, 2010

2 Corintios 1:3-7 

Cuando estoy orando por una situación, invoco al Señor usando uno de sus nombres asociado con mi necesidad. Así, en tiempos de dolor o dificultad, le pido a mi Consolador que acuda en mi ayuda (is 40.1; 51.12; 66.13), con la confianza de que él alentará mi corazón, aliviará mis cargas y me ayudará en la dura experiencia.

Pero muchas personas no pueden ver a Dios como un consolador. interpretan mal nombres como "juez", pensando que a él le gusta aplicar una disciplina severa, o "rey", como una deidad remota e indiferente. imaginan que está, o esperando para derramar su castigo, o demasiado ocupado para fijarse en nuestra insignificante existencia. Quien tenga conceptos tan equivocados como éstos no advertirá las promesas de consolación del Señor cuando ande en el valle del sufrimiento; en vez de eso, lo más probable es que la persona bregue con la incredulidad, la frustración y quizás con resentimiento hacia Dios.

Jesucristo fue la representación de Dios Padre en la tierra, y como tal, siempre respondió con palabras tranquilizadoras y actos bondadosos a las personas perturbadas y acongojadas. No condenó a la mujer samaritana por sus matrimonios sucesivos, sino que le ofreció una nueva vida (Jn 4.14). Socorrió a la mujer con flujo de sangre (Lc 8.48) y consoló a la atribulada familia de Jairo (Lc 8.52). y hoy el Señor sigue dispuesto a consolarnos y fortalecernos.

Los seres humanos acumulan sobre sí mismos y sobre los demás sentimientos de culpa y vergüenza, pero el Señor no actúa de esa manera. él Es el Dios del consuelo, una característica que se deja ver en otro de sus nombres: Pastor. el Pastor levanta a sus seguidores, aun en el valle de sombra de muerte (Sal 23.4). Los seres humanos acumulan sobre sí mismos y sobre los demás sentimientos de culpa y vergüenza, pero el Señor no actúa de esa manera.

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