Abril 22, 2010

Efesios 6:10-12 

Las personas pueden tener reacciones muy diferentes a circunstancias similares. Supongamos que dos mujeres de la misma iglesia, que llamaremos Juanita y Bárbara, están luchando contra el cáncer. Ambas son creyentes, pero sólo Juanita está viviendo en paz y con alegría; hace mucho tiempo aceptó su debilidad y necesidad de la intervención del Señor. Mientras que Bárbara le pide a Dios que la ayude a salir de esto, Juanita dice: "Señor, yo no puedo hacer nada. Sostenme, por favor".

Juanita sabe que Jesucristo es la fuente de su fortaleza, pero Bárbara está confiando mayormente en sí misma. Todo el mundo tiene cierta dosis de fortaleza, pero la capacidad humana tiene su límite. Algunas situaciones nos extraerán la última gota de energía, y aun exigirán más. Por medio del Espíritu Santo, los creyentes pueden tener acceso a la fuente inagotable de poder sobrenatural para triunfar en cualquier prueba.

Sin embargo, la segunda mujer no está recibiendo la misma infusión del poder del Espíritu como Juanita. Bárbara quiere ayuda —es por eso que clama con desesperación al Señor—, pero se niega a admitir que no puede enfrentar el cáncer sola. En realidad, a ninguno nos gusta reconocer que somos débiles. El orgullo humano es una fuerza poderosa que hay que desarraigar antes de que podamos ser llenos del poder del Espíritu Santo.

Nuestra debilidad le permite a Dios lograr sus mayores triunfos. Su poder se desata cuando sus hijos reconocen que no tienen el control, y no pueden hacer nada para ayudarse a sí mismos. Sólo entonces encontramos la energía, la valentía y la paz que necesitamos para seguir viviendo para su gloria. Nuestra debilidad le permite a Dios lograr sus mayores triunfos. Su poder se desata cuando sus hijos reconocen que no tienen el control, y no pueden hacer nada para ayudarse a sí mismos.

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