Agosto 21-22, 2010

Colossians 3:12-14 

Motivado por el amor, Dios proveyó la manera de que nuestros pecados fueran perdonados. Envió a Jesús para ser nuestro salvador; cuando confiamos en su sacrificio expiatorio a favor nuestro, recibimos su regalo del perdón.

Antes de poner la fe en Cristo, estábamos muertos en nuestros pecados, y éramos objetos de la ira divina (Ef 2.1-3). Pero nuestro misericordioso Padre celestial envió a su Hijo Jesús para redimirnos. En la cruz, el salvador tomó sobre sí mismo nuestros pecados y experimentó la furia de Dios por el bien de nosotros. Su muerte nos aseguró el perdón —no había nada que pudiéramos hacer para obtener la aceptación de Dios. Somos salvos por gracia mediante la fe en Cristo y en lo que Él realizó (Ef 2.8, 9). Nuestra salvación es un regalo del Padre celestial.

La voluntad de Dios es que, como personas perdonadas, mostremos misericordia a quienes nos agravian, hasta la medida en que Él nos perdonó. Pero la inclinación humana es imponer condiciones cuando se trata de tener misericordia. Pensamos: te perdonaré sólo si te disculpas satisfactoriamente. o: antes de que se me quite el enojo, debes arreglar el problema. o incluso: espero que pagues por el daño hecho, antes de que te perdone. Eso no es lo que nuestro salvador hizo. Romanos 5.8 lo expresa así: "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros".

Dependiendo de cuánto daño hayamos experimentado, es posible que necesitemos tiempo y restauración antes de poder perdonar realmente. Pero debemos recordar que la voluntad de Dios es que mostremos misericordia. Hemos sido llamados a perdonar a quienes nos han herido. Hemos sido llamados a perdonar a quienes nos han herido. 

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