Abril 8, 2010

Apocalipsis 21.1-8 

El apóstol Juan escuchó la promesa de Jesús de que iba a preparar un lugar para sus seguidores (Jn 14.1-6). Muchos años después, recibió una visión de ese lugar —vio a la Nueva Jerusalén descender del cielo. El espectáculo estaba más allá de toda descripción humana, pero Juan hizo todo lo posible para poner esta visión celestial en lenguaje terrenal (Ap 21.9—22.5).

Juan vio el fulgor de la gloria de Dios irradiando de la estructura de la ciudad, cuyos cimientos brillaban con los deslumbrantes colores de las piedras preciosas. Las puertas estaban hechas de perlas, y las calles de oro cristalino. Esta ciudad, de 2200 kilómetros cúbicos aproximadamente, ha sido diseñada por el Señor como el lugar para que Él y la humanidad vivan juntos por toda la eternidad. En Apocalipsis 22.3, 4 Juan señala que "el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán su rostro".

A pesar de que podemos tener dificultad para imaginar la estructura física de esta ciudad celestial, no tenemos ningún problema para entender el significado de las cosas que no estarán en la Nueva Jerusalén. Allí no habrá dolor, lágrimas, llanto o muerte. El pecado y todas sus consecuencias serán eliminados. Toda frustración, toda molestia, y todos los problemas terminarán. Nadie tendrá discapacidades, y nuestros cuerpos jamás se cansarán o enfermarán.

Cuando las dificultades de esta vida se le conviertan en una carga, piense sólo en su glorioso futuro celestial. Ya no habrá más los problemas y sufrimientos de ahora. Cuando sus pies anden por las calles de Nueva Jerusalén con el Salvador, todos los viejos estragos del pecado habrán desaparecido, y su gozo será completo. Cuando las dificultades de esta vida se le conviertan en una carga, piense sólo en su glorioso futuro celestial. Ya no habrá más los problemas y sufrimientos de ahora.

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