Junio 3, 2010

Hebreos 12.1, 2 

La vida cristiana es similar a una carrera, ya que tiene un trayecto predeterminado y una línea de meta, la eternidad. Cada creyente tiene una ruta personalizada especialmente diseñada por el Señor. Nuestro objetivo es mantener el rumbo y correr con paciencia, pero el camino sólo puede ser entendido y recorrido manteniendo la mirada en Jesús. Por haber Él corrido la carrera de una manera perfecta, y mantenido el rumbo, puede mostrarnos el camino.

Como en cualquier carrera, el recorrido está lleno de obstáculos que amenazan con hacernos fallar o desviarnos. Las tentaciones nos hacen imaginar exuberantes pastos verdes, mientras que el ajetreo puede llevarnos por caminos desconocidos que terminarán agotándonos. La preocupación y el temor se apoderarán de nuestra mente, y las emociones nos llevarán a situaciones que el Señor nunca quiso para nosotros.

Pero, aunque los pecados son los estorbos más evidentes, hay otros obstáculos y desvíos más sutiles. Todo lo que tenga prioridad sobre nuestra relación con el Señor puede enviarnos por el camino equivocado. Puesto que la participación en las actividades cotidianas de la vida terrenal es necesaria, es fácil dejar que la familia, el trabajo y los placeres nos aparten de una búsqueda sincera de Cristo. Para sorpresa nuestra, aun las bendiciones de Dios pueden convertirse en obstáculos en la carrera, si las buscamos más que al Señor.

Debemos recordar que el objetivo no es centrarse en la ruta, ni tratar de encontrar nuestro propio camino; sino fijar nuestros ojos en Jesús; el Señor no sólo es nuestro guía sino también nuestro destino. Y Él nos dará la bienvenida con los brazos abiertos cuando acabemos la carrera y crucemos la meta de la eternidad. Debemos recordar que el objetivo no es centrarse en la ruta, ni tratar de encontrar nuestro propio camino; sino fijar nuestros ojos en Jesús.

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