Octubre 27, 2010

Hebreos 12.5-7 

El pecado siempre nos aleja de Dios y estorba su obra en nuestras vidas. Por eso, el Señor no permitirá que persistan, sin corrección divina, patrones pecaminosos de conducta. El propósito de su disciplina es instruirnos en la santidad personal (He 12.10).

Algunos cristianos confunden la palabra disciplina con castigo. Pero la Biblia nos dice que Cristo tomó nuestro castigo sobre sí mismo en la cruz. Él pagó el precio exigido por todos los pecados, y sufrió la ira de Dios por nosotros, para que pudiéramos ser perdonados. Después que recibimos a Cristo como Salvador, somos una nueva creación, y ya no estamos bajo condenación (Ro 8.1).

La disciplina de nuestro Padre celestial es correctiva, no punitiva. Él usa las experiencias duras y las circunstancias para alejarnos de las prácticas impías y enseñarnos a ser piadosos (1 Ti 4.8). Por eso, cuando experimentamos su disciplina, debemos entender que hemos pecado, examinar la falta cometida con la ayuda del Espíritu Santo, y tomar en serio su corrección. En vez de desanimarnos, debemos reconocer que el Señor nos está tratando como lo haría un padre amoroso —buscando lo mejor para nosotros, y disciplinándonos para nuestro bien. En vez de quejarnos contra Dios, haremos bien en cooperar con Él y mantener la mirada fija en la cosecha de rectitud y paz prometida.

No todas las adversidades son resultado del pecado; también pueden tener su origen en desastres naturales, enfermedades mentales o físicas, o en las acciones de otras personas. Pero si sus problemas son consecuencia de acciones pecaminosas cometidas por usted, confiéselas y acepte la disciplina de un Padre amoroso (Is 43.4). Pero si sus problemas son consecuencia de acciones pecaminosas cometidas por usted, confiéselas y acepte la disciplina de un Padre amoroso.

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