Enero 27, 2011 2 CORINTIOS 5.14-21 La separación, el rechazo y el distanciamiento son experiencias desagradables que, por lo general, tratamos de evitar a toda costa. Pero vivimos en un mundo caído, por lo que no podemos escapar de ellas totalmente.

El aislamiento de las otras personas es ya bastante malo, pero peor aun es que muchas personas viven alejadas del Padre celestial. ¡Qué trágica y sin sentido debe ser la vida cuando ella está separada por completo del Creador! Dios plantó en cada uno de nosotros el deseo de relacionarnos con él; por tanto, hasta que hallemos nuestra conexión con el Señor, sentiremos siempre que falta algo.

Pero, a pesar de lo importante que es esa relación para nuestro bienestar, algo se interpone en su camino: ya sea por nuestros pensamientos o por nuestras acciones, todos hemos violado los mandamientos del Señor (Ro 3.23), y nuestro Dios puro y santo no puede estar en la presencia del pecado. Romanos 6.23 dice que el castigo por el pecado es la muerte, que es la separación eterna del Señor. Por tanto, siempre tendremos un vacío.

¡Qué panorama tan sombrío para la humanidad! Pero nuestro Padre celestial resolvió el problema al enviar a su Hijo para pagar nuestro castigo. Cristo, todo Dios y todo hombre, vivió la vida perfecta, tomó toda nuestra iniquidad sobre sí mismo, sufrió una muerte espantosa en la cruz. Ya no somos condenados por nuestros pecados, porque él tomó nuestro lugar. Y tres días después, se levantó victorioso a la vida.

La salvación está al alcance de todo el que cree y recibe este regalo extraordinario. Juan 3.16 describe la manera como esta reconciliación pone fin a nuestra separación. Ya no somos condenados por nuestros pecados, porque él tomó nuestro lugar.  

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