Noviembre 26, 2010

Romanos 8.18-39 

Cuando el dolor y la adversidad se introducen en nuestras vidas, es fácil concluir que Dios nos ha abandonado. Después de todo, pensamos que, si Él hubiera estado allí, habría hecho algo en ese momento. Sin embargo, el pasaje de hoy dice que nada puede separarnos del amor de Cristo.

Ninguna circunstancia. No hay una dificultad que pueda separarnos del amor de Dios; por el contrario, podemos ser "más que vencedores por medio de aquel que nos amó" (Ro 8.35-37). Los versículos de hoy enseñan también que nuestros sufrimientos actuales no pueden compararse con la gloria venidera (v. 18), y que el propósito de Dios es nuestra transformación a la imagen de Cristo (v. 29). Cuando entendemos esto, tenemos perspectiva victoriosa, lo que produce paciencia y esperanza (vv. 24, 25).

Ningún tiempo. Nada de lo que haya ocurrido en el pasado, o que estemos pasando ahora, o que vaya a suceder en futuro, podrá separarnos de Cristo. Él está con nosotros a cada paso del camino (v. 38).

Ningún poder. Los poderes invisibles del mal que tratan de engañar y atraparnos, no están a la altura del Señor, quien nos sostiene firmemente con su mano omnipotente (v. 39).

Ninguna cosa creada. Solamente nuestro Dios trino existe por sí mismo, y si Él dice que usted le pertenece, nada ni nadie —ni siquiera usted mismo— podrá destruir esa relación (v. 39).

Pero esta promesa de seguridad no es una licencia para pecar sin consecuencias. Más bien, debe motivarnos a caer de rodillas en gratitud y alabanza. Al entender de verdad la inmensidad de este regalo, nuestro amor por Cristo aumentará y redundará en obediencia y perseverancia, no importa las dificultades que enfrentemos. Al entender de verdad la inmensidad de este regalo, nuestro amor por Cristo aumentará y redundará en obediencia. 

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