Junio 26, 2010

Romanos 5.6-8 

Las necesidades emocionales pueden ser tan intensas como las físicas. Los deseos de amor, de aceptación, y de seguridad, han sido puestos en el ser humano por el Señor. Estas necesidades son las que nos hacen querer tener amigos, casarnos y, en última instancia, relacionarnos con Dios. En la raíz de todas las necesidades de nuestro corazón, está el deseo de sentirnos valorados.

Sin un firme sentido de autoestima, una persona no puede recibir totalmente amor y aceptación. Tampoco puede sentirse segura o en paz. El hombre inseguro proyecta sobre sus familiares y amigos la colosal tarea de hacerle sentir valioso. De ellos buscará siempre seguridad verbal y demostraciones de lealtad. El problema es que ningún ser humano puede ser un recurso emocional inagotable.

Basarse en los juicios de las personas y en sus demostraciones de afecto, inevitablemente llevan a la persona a tener una autoimagen inconstante. Además, ninguna persona puede crear una serie de buenas opiniones que pueda hacerla tomar el lugar de la devoción a Dios. En la cruz, Jesucristo dio la única medida exacta del valor que tenemos: consideró que valía la pena morir por cada persona. No podemos comprar ni ganar el amor incondicional de Dios; nos toca recibirlo con un corazón abierto. El sacrificio de Jesús es prueba de que somos de valor infinito para Él.

Dios desea ser nuestro recurso emocional ilimitado. En realidad, si nuestra autoestima está basada en cualquier cosa que no sea Él, será entonces inestable. Una autoimagen sólida se basa en el reconocimiento de lo que somos en Cristo: sus hijos amados, redimidos y santificados. Nada cambiará este concepto que Él tiene de nosotros. Dios desea ser nuestro recurso emocional ilimitado. En realidad, si nuestra autoestima está basada en cualquier cosa que no sea Él.

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