Enero 25, 2011 HECHOS 1.6-8 Un domingo, un hombre se me acercó para contarme su historia. Había sido adicto a las drogas, y tenía una vida sin esperanzas cuando escuchó un versículo de la Biblia en un mensaje. Dijo que un pasaje lo llevó a poner su fe en Cristo. El hombre fue salvo, y Dios transformó su vida.

Cada creyente tiene una historia. Usualmente, cuanto más nos rendimos a Dios, mayor es nuestra capacidad de ver su mano en nuestra vida. Y cuanto más lo vemos obrar, más fuerte es nuestro deseo de compartir con otros todo lo que Él ha hecho.

Lo mismo puede decirse de los primeros discípulos. Un pequeño grupo de personas se reunió alrededor del Señor Jesús antes de su ascensión. Oyeron su mandato de llevar el evangelio a todo el mundo, hacer discípulos y bautizar a personas de todas las naciones. Esto, de seguro, parecía una tarea abrumadora para un puñado de seguidores, pero obedecieron. Sus experiencias personales con Cristo, sin duda, los motivó a compartir las buenas nuevas, y también a tener confianza en la promesa de la presencia y el poder de Jesucristo.

Nosotros, también, debemos tomar en serio la orden de Cristo. Uno de nuestros supremos llamamientos como creyentes, es hablar de Él a otros. Como sucedió con los primeros cristianos, nuestra propia experiencia con el Salvador es la historia más emocionante y convincente que podemos compartir.

¿Está usted hablando a otros de Cristo? Amar a Dios implica no solamente tener una relación personal con Jesús, sino también compartirlo con los demás. El mundo a su alrededor necesita el poder de Cristo. Deje que el Espíritu Santo le guíe y le capacite para compartir a Cristo de manera efectiva con quienes le rodean. ¿Está usted hablando a otros de Cristo?  

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