Julio 22, 2010

2 Corintios 12:9-10 

Si alguien que amamos sufre, nuestro primer impulso es quitar su dolor. Buscamos darle dinero, consejos o una manera de solucionar su situación. Pero, si Dios no está dispuesto a arreglar el problema todavía, el creyente que se involucre se meterá en otra dificultad. ya que el Señor disciplinará al creyente que estorbe su actividad en la vida de la otra persona. El amor puede cegarnos al hecho de que Dios puede llevar a una persona a una situación de total desesperación para que renuncie a su confianza en sí misma. Solo cuando la fortaleza del Señor se manifiesta en su debilidad, la persona aprende lo que significa confiar en Dios. ¡no tratemos de obstaculizar esa lección esencial!

Los caminos de nuestro Padre celestial con frecuencia no tienen sentido para los seres humanos. nos preguntamos cómo puede el dolor ayudarnos a ser victoriosos. Pero el triunfo más grande del Señor —derrotar la muerte y el pecado— se logró por el sacrificio de Jesucristo, que requirió dolor físico y emocional. el ejemplo del párrafo anterior nos ayuda a entender por qué Dios utiliza las penalidades en la vida de los creyentes. el dolor y la desesperación a menudo nos quitan los "apoyaderos" de los que dependemos, y exhiben nuestra necesidad de un Salvador. La debilidad del hombre es una vitrina donde se muestra el poder de Dios.

Es natural que queramos librar de dolor a nuestros seres queridos. Pero es posible que no seamos la herramienta que Dios desea utilizar con ese fin. La forma prudente de proceder es preguntar a Dios si él quiere que nos involucremos; después de esto debemos ser sensibles a su voluntad y estar listos a hacernos a un lado para que su plan pueda seguir adelante. Es natural que queramos librar de dolor a nuestros seres queridos.

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