Enero 19, 2011 ROMANOS 6.5-14 El apóstol Pablo servía al Señor con entusiasmo. El fervor del apóstol estaba motivado por tres cosas: la gratitud por el inmerecido, pero maravilloso regalo de la salvación; la convicción de que el mensaje del evangelio era auténtico; y la comprensión de que, por medio de la cruz, el poder del pecado sobre él había sido destruido.

Antes de ser salvos, éramos esclavos del pecado e incapaces de librarnos de él. Pero ahora, al estar unidos con Cristo en su muerte y resurrección (Ro 6.5, 6), hemos recibido el poder de decir no a la tentación, y podemos elegir el camino de Dios. Pablo sabía que su vieja naturaleza egoísta había sido crucificada con Cristo; el pecado ya no tenía control sobre él. Este conocimiento alimentaba su pasión de seguir a Jesús y vivir para Él (Gá 2.20).

Guiado por la misión que recibió de Cristo, Pablo expresaba su fervor por medio de la obediencia a la dirección del Señor. Nuestro Padre celestial quiere que concentremos nuestra pasión en llevar a cabo su plan (Mt 28.19, 20).

Al igual que Pablo, estamos llamados a vivir una vida crucificada en la que el Señor sea lo primero en nuestros pensamientos, actitudes y acciones. Una vida así implica aprender a caminar por fe y permanecer firmes ante la tentación. Aunque no podemos hacer esto con nuestras propias fuerzas, podemos lograrlo a través del Espíritu Santo. Él nos da el poder para abandonar nuestras actitudes egoístas y reemplazarlas por actitudes agradables a Dios.

La fe y el compromiso de Pablo con el Señor eran partes integrales de su pensamiento, conversación y trabajo. Su fe lo motivaba a seguir adelante. El apóstol sabía que la salvación daba perdón por el pasado, y una manera de vivir victoriosa en el futuro. Él nos da el poder para abandonar nuestras actitudes egoístas y reemplazarlas por actitudes agradables a Dios.  

www.encontacto.org  - www.encontacto.org/meditaciondiaria  -  www.encontacto.org/archivodevocional