Noviembre 15, 2010

2 Corintios 12.7-10 

El concepto humano de la palabra "quebrantado" puede significar algo que se ha roto, o alguien que no se sienta bien. Pero en el reino de Dios, la palabra se refiere a un elemento clave del proceso de la santificación, que es beneficioso para nosotros.

En el momento de la salvación, recibimos una nueva naturaleza que desea agradar a Dios, pero todavía conservamos nuestras viejas actitudes egoístas. Estos hábitos, actitudes y valores arraigados tienen un tema común: un deseo interior de actuar apartados del Señor.

Para convertirnos en buenos servidores del Señor, debemos renunciar a nuestra propia justicia que dice: "Yo sé lo que es correcto"; a nuestra terquedad que afirma: "Sé qué es lo mejor para mí"; y a nuestro egocentrismo que declara: "Lo más importante es lo que yo quiero". El quebrantamiento es uno de los instrumentos de Dios para reemplazar nuestras actitudes egoístas por las de Cristo. Durante este difícil pero tan importante proceso, el Espíritu Santo trabaja para eliminar todo obstáculo que impida nuestra total entrega al señorío de Cristo, y la obediencia a Él.

¿Por qué nos resistimos a renunciar a nuestro plan por el de Dios? Porque a veces estamos tan enredados en las cosas del mundo, que no queremos dejarlas. En otras ocasiones podemos temer lo que sucederá si seguimos la voluntad de Dios.

Si nos resistimos a la dirección del Espíritu Santo, nuestra relación con el Padre celestial sufrirá, y nuestra influencia y servicio se verán afectados negativamente. Pero si cooperamos con el proceso de transformación, descubriremos que el poder de Dios para cambiar vidas será notorio durante nuestro quebrantamiento. Si nos resistimos a la dirección del Espíritu Santo, nuestra relación con el Padre celestial sufrirá. 

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