Septiembre 14, 2010

Juan 15.1-5 

Ayer hablé de la vez que dios me recordó: "charles, tú no eres la vid; la vid soy yo". Durante años había tratado de lograr por mí mismo lo que Jesucristo quería conseguir por medio de mí; en otras palabras, había tratado de producir fruto haciendo buenas obras.

Mi deseo era impresionar a Dios y ganar su aprobación. Pero su propósito era que yo actuara como la rama que soy, y que simplemente permaneciera. La tarea del Espíritu santo es vivir la vida de cristo a través de nosotros. Este proceso se conoce por varios nombres, entre ellos la vida intercambiada, la vida llena del Espíritu, y la vida que permanece. todos estos apelativos describen la gozosa experiencia de la que habla Pablo en Gálatas 2.20. "y ya no vivo yo, mas vive cristo vive en mí; y lo que hora vivo en la carne, lo vivo en la fe del hijo de Dios".

El apóstol literalmente sentía esas palabras. Visto desde afuera, una rama no parece estar haciendo nada. Pero no piense que la vida que permanece es pasiva. Cristo fue el ejemplo perfecto de una vida llena del Espíritu, ¡y Él, sin duda, no fue un haragán! trabajaba duro por su reserva de energía divina (Jn 8.28). Toda la sabiduría, y todo el conocimiento y el valor de cristo, tenían su origen en Dios por medio del Espíritu santo.

El fruto del Espíritu no sale de repente de los creyentes por sus esfuerzos; los cristianos dan fruto por su entrega. "Echamos raíces" en el señor meditando en su Palabra, orando y sirviendo. No reservamos nada para dejarlo bajo nuestro control, sino que confiamos del todo en Él. Ésa no es una vida pasiva; es una vida que permanece. No reservamos nada para dejarlo bajo nuestro control, sino que confiamos del todo en Él.

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