Enero 14 

ROMANOS 5.1-5  

Los cambios pueden causarnos incertidumbre. Podemos sentirnos desorientados por el sufrimiento que vemos a nuestro alrededor, por el desarrollo tecnológico que supera nuestra capacidad de absorberlo, y por la inestabilidad de los mercados financieros. A veces, lo que parece de valor hoy, tiene menos valor mañana.

Con el aumento de los problemas, podemos desanimarnos y abatirnos. Pero la respuesta no es basar toda nuestra esperanza en la capacidad del hombre para resolver los problemas o cambiar una situación. Podemos lograr sólo una paz pasajera si cambiamos nuestras circunstancias o ajustamos nuestra conducta exterior.

El problema principal de nuestra sociedad es espiritual, es decir, el hombre tiene una naturaleza pecaminosa que está en enemistad con Dios. El pecado nos incita a concentrarnos en nosotros mismos, y a perseguir lo que apetecemos. Ni nuestra inteligencia ni nuestro talento pueden cambiar nuestro estado pecaminoso ni ponernos en paz con Dios. Pero los que ponen su fe en Jesús como Salvador reciben una nueva naturaleza y son reconciliados con el Señor. Como sus hijos, no sólo estamos en paz con Él, sino también hemos recibido el poder para vivir en armonía unos con otros.

Por tanto, no importa cuánto cambie el mundo, podemos tener esperanza, porque estamos anclados a un cimiento firme que nunca será removido (Is 28.16).

La esperanza del creyente descansa en el Dios Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Descansa en estas tres verdades. 1)Nuestro Padre celestial nos conoce a cada uno de nosotros por nombre (Is 43.1). 2)Nuestro Salvador cumple cada promesa divina (2 Co 1.20). 3)Y el Espíritu Santo nos recuerda que estamos seguros en Cristo, tanto en esta vida como en la venidera. A veces, lo que parece urgente hoy, pierde su importancia para el mañana.

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