Mayo 1, 2010

Romanos 3.21-27 

En el Calvario, el Señor desplegó su gracia a la vista de todo el mundo. La cruz representa el punto donde se cruzan su santidad y su amor. Desde allí, Él derramó su misericordia sobre quienes no la merecían, incluidos usted y yo.

Nuestro Dios es absolutamente perfecto. Lo es tanto que ningún ser humano terrenal puede mirarlo y seguir vivo (Éx 33.20). El problema tiene que ver con nuestra naturaleza pecaminosa; todos tenemos el deseo innato de rebelarnos contra su autoridad (Ro 3.10). Cualquiera que piense lo contrario se engaña a sí mismo (1 Jn 1.8). Es importante entender que Dios odia el pecado. No puede tolerar la presencia del mal, y por eso pronunció una sentencia de muerte sobre los pecadores (Ro 6.23).

Pero la Biblia también nos dice que Dios es amor (1 Jn 4.8), y que creó a las personas con el propósito de amarlas. Además, el Señor quiere que todas las personas pasen la eternidad con Él. Pero sigue existiendo el problema de nuestro pecado, y la pena de muerte que hay sobre nosotros.

El Señor no puede ir contra su propia naturaleza. Aunque Dios ama a la humanidad, su santidad se vería comprometida si permitiera la suciedad del pecado en su presencia. Por eso, el Padre creó la manera de limpiar los corazones y transformar las naturalezas rebeldes: puso el pecado de toda la humanidad sobre los hombros de Jesucristo.

El Padre envió a su Hijo santo para que fuera sacrificado por nosotros. Jesucristo tomó nuestros pecados sobre sí mismo, y murió en la cruz en lugar nuestro. Cuando ponemos nuestra fe en Él como nuestro Salvador y recibimos su perdón, somos hechos nuevos: santos, perfectos y bienvenidos en la presencia del Padre celestial. El Padre envió a su Hijo santo para que fuera sacrificado por nosotros. Jesucristo tomó nuestros pecados sobre sí mismo, y murió en la cruz en lugar nuestro.

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