Cuando Jesús le dijo al leproso que quería sanarlo, y lo tocó y lo sanó, él comprendió que le había devuelto la vida, y le había dado vida eterna. Es por ello que, lleno de alegría, fue a contarles a todos lo que le había sucedido. Es que uno no puede callar la alegría, cuando esa alegría está conectada a Jesús.
Marcos 1:40-45