«Él estableció testimonio en Jacob
y puso ley en Israel,
la cual mandó a nuestros padres
que la notificaran a sus hijos;
para que lo sepa la generación venidera,
los hijos que nazcan;
y los que se levanten lo cuenten a sus hijos,
a fin de que pongan en Dios su confianza
y no se olviden de las obras de Dios;
que guarden sus mandamientos» (Salmo 78:5-7).
Fue una conversación muy breve, una de la que yo no me acordaba. Pero mi hija mayor no la había olvidado. Todo ocurrió el día que la llevé a la universidad, el primer día de clases del semestre que empezaba. Le recordé que ya ella tenía 18 años, que podía valerse por sí misma y que empezaba un capítulo nuevo de su vida. Le dije que no olvidara nunca lo que los bisabuelos de ella tuvieron que hacer para llegar a este país y dar a su hijo —o sea, mi papá y el abuelo de ella— la oportunidad de una buena educación.
Pero la esperanza de ellos y la oración por su hijo era que este guardara siempre el día de reposo y lo santificara, porque ahí es donde está la clave para la vida y la supervivencia del pueblo judío. Mi padre me pasó a mí ese legado de fe, y le recordé a mi hija que le tocaba a ella hacer lo mismo.
Años más tarde, mi hija me contó que esa corta charla de cinco minutos tuvo una influencia muy poderosa en ella y la inspiró a guardar las cosas sagradas de la fe judía durante sus años en la universidad.
Uno de los mandatos de Dios para su pueblo era que contara a las generaciones venideras los hechos poderosos de la fidelidad del Señor, que enseñara a los hijos la ley de Dios y las maravillas que Él hace, para que no olvidaran lo que Él había hecho a favor de ellos, para que así no repitieran los errores de sus antepasados. Este principio tiene también aplicación para nosotros.
Lo más importante que nosotros, tanto cristianos como judíos, podemos hacer por nuestros hijos y nuestras familias es dejarles legados de fe. Una de las maneras en que podemos hacerlo es inculcando en ellos, de manera deliberada, las enseñanzas y los principios bíblicos, ya sea en la sinagoga o en la iglesia. Otra manera es contándoles las experiencias de nuestro andar en la fe y de la fidelidad de Dios para con nosotros a lo largo de los años.
Pero la manera más frecuente en que dejamos esos legados de fe a nuestros hijos es en el diario vivir, cuando hablamos con ellos, por medio de nuestra conducta y nuestros hechos, la manera en que tratamos a los demás. Nuestros hijos ven siempre lo que hacemos; ellos se fijan si nuestros hechos concuerdan con lo que les decimos. Para nuestros hijos, nuestras vidas son un libro abierto que muestra lo que más atesoramos.
¿Qué enseñanzas transmite usted a sus hijos o a sus nietos? ¿Qué legados o herencia de fe quiere dejar para ellos? ¿Qué ha hecho para que la generación venidera sepa de la fidelidad de Dios y conozca las maravillas que Él hace?
La generación venidera espera y aguarda.
La festividad judía de las Semanas (Shavuot, en hebreo ) tiene varios temas. Esta festividad se celebra el sexto día del mes de Sivan del calendario judío. Es de mucha importancia porque en ella se conmemora el día en que Dios entregó la Tora a Moisés y al pueblo judío en el monte Sinaí. Los judíos de todo el mundo recuerdan con gran alegría y agradecimiento ese hecho histórico.
¿Qué consideraría usted un milagro en su vida? ¿Que sus hijos obtengan notas excelentes en los estudios? ¿Encontrar trabajo? ¿Que le den el puesto que tanto anhela?
La festividad judía de la Pascua (pesach, en hebreo) conmemora un hecho central de la historia del pueblo judío: cuando el pueblo de Israel salió de Egipto y fue libertado de la esclavitud. Fue en esa ocasión, hace unos tres mil años, cuando se formó la identidad judía nacional, y fue a partir de este hecho histórico que se formularon algunos de los principios más importantes de la fe judía.