Las expectativas no alcanzadas tienen el potencial de llevarnos a un estado de decepción, de desánimo y, en algunos casos, opacarnos la visión de lograr un objetivo alcanzable y fructífero. Es muy común experimentar esta clase de sentimiento cuando buscamos a Dios por algo que nos urge y no recibimos respuesta en el plazo que esperamos, “perdemos la fe,” llegando al punto de alejarnos de la verdad.