El hombre interior se acrecienta, rejuvenece cuando cree que su realidad se transforma en aquello que no se ve, incluso durante las tribulaciones pues estas tienen propósitos. Dios nos invita y nos dice “hagamos fiesta y alegrémonos”, no importan las circunstancias, pues la dicha, la paz y la alegría se manifiestan en todo aquel que cree que Jesús es su salvador.