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En algunos círculos religiosos en el pasado y aun en el presente, el Espíritu Santo es considerado como una influencia sin personalidad; sin embargo, la Escritura nos describe al Espíritu como una persona con las cualidades propias capaz de amar, pensar, sentir, comunicar, repartir dones o cualidades especiales para el enriquecimiento espiritual de los seguidores de Cristo y la extensión de la obra del Reino de Dios.