Una de las cosas más difíciles para un cristiano es romper con ciertos idealismos románticos del servicio en el Reino de Dios. Se contempla una hermosa historia misionera, por ejemplo, sin tener en cuenta el costo pagado para que ella sucediera. Servir en otro país, aprender una nueva lengua y una nueva cultura; dejando atrás la comodidad y su mundo natural de acción. El verdadero discipulado, no es aprendido de su maestro más inmediato o humano, sino de Cristo, dejarse moldear por él en un aprendizaje continuo. El costo involucra entrega, compromiso, lealtad, disposición; es estar dispuesto a ser moldeado al carácter de su Maestro. La desafiante invitación de Jesús es: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.” – Lucas 9:23
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